Enfermedades mentales, esas grandes desconocidas




Hoy me voy a meter en un jardín tal vez algo espinoso, aunque confío en que merezca la pena. Antes de comenzar a redactar la entrada como tal, quiero recordar a quien me lea que yo no soy psicóloga. Soy solo una persona normal y corriente que está aprendiendo a vivir mientras carga con su mochila. Como todo el mundo, pues todos tenemos una mochila a la espalda y todas son de formas, colores, tamaño y peso diferentes.
 Es por esto que no voy a abordar el tema de manera muy técnica, sino basándome en mi experiencia y en lo que el tiempo y las terapias me han ayudado a aprender. De hecho, si he decidido adentrarme en un terreno tan espinoso, ha sido por la infinidad de opiniones y debates que este tema genera a mi alrededor.
 Las enfermedades mentales están dejando muy poco a poco de ser un tabú. La gente habla de ellas, se mencionan en la televisión, se escriben libros y las redes sociales están repletas de contenido relacionado con estas: personas exponiendo su situación, dando su punto de vista, ofreciendo consejos, apoyando a quienes las sufren... A primera vista puede parecer maravilloso, pero no hay luz en este mundo que no traiga consigo una serie de sombras. Hay mucha gente que, aún oyendo hablar de ello, no comprende qué es una enfermedad mental. Quedan muchos estigmas, muchas culpas, muchos juicios. Y lo que más me preocupa, dos posturas bastante extremas: el rechazo y la sobreprotección.
 Antes de enredar más la cuerda, mejor empecemos por el principio.


  • ¿Qué es una enfermedad mental?
 Como ya he dicho antes, me faltan conocimientos para dar una explicación técnica. Las enfermedades o trastornos mentales suelen ser difíciles de definir con nuestras propias palabras. Siempre se han asociado a la pérdida de cordura, los hospitales y terapias extrañas. Puede que sean invisibles, sí,  pero no son tan raras como siempre han querido hacernos creer.
 Por mucho tabú que exista en torno a ellas, han existido desde el principios de los tiempos. A día de hoy, una gran parte de la población mundial sufre algún tipo de trastorno o enfermedad mental.
 ¿Por qué las llamo invisibles si están tan generalizadas? Porque aparecen en nuestro interior sin que nos demos cuenta, como una semilla diminuta que se cuela en casa a través de una ventana mal cerrada. Esa semilla crece y, si no se cuenta con la ayuda adecuada, nos invade por completo hasta el punto de dificultar o imposibilitar nuestra vida diaria. Afecta sobre todo a nuestras emociones y eso es lo que nos expone tanto al juicio de los demás: a menudo los síntomas de una enfermedad mental (ansiedad y depresión son las más conocidas, pero existen muchísimas más) pueden ser filtrados por la gente de nuestro entorno como egoísmo, pereza, mal carácter, desinterés... Mil y una etiquetas capaces de arraigar con más fuerza las raíces de nuestra molesta semilla. Estas pueden fortalecerse y crecer hasta el punto de destrozarnos los muebles, es decir, de hacernos somatizar presentando también síntomas físicos.
 Esto puede resultar muy confuso e incluso asustar a la persona que lo sufre, pues la sucesión de dolores y cambios en el organismo ya son desconcertantes de por sí, pero si además los médicos no logran encontrar una enfermedad física que los explique, las dudas se convierten en un torbellino.
 Así pues, para resumir, una enfermedad mental es una enfermedad. Sin más. Todas tienen tratamiento, algunas se curan por completo y otras puedes minimizarlas lo suficiente para que no interrumpan tu rutina diaria, siempre y cuando acudas a los especialistas indicados para ayudarte. Son tan válidas como una enfermedad física, aunque su reconocimiento y diagnóstico es mucho más complicado, sobre todo porque no todas presentan síntomas físicos o, cuando lo hacen, cuesta mucho asociarlos con el problema principal.

  • ¿Qué es la postura del rechazo?
  Digamos que se trata de la posición más fácil de tomar cuando lo que prima es el desconocimiento, o incluso la falta de interés. Se rechaza, valga la redundancia, el concepto de enfermedad mental y esto provoca que, si en el entorno de quien ha adoptado esta postura hay alguien que sufra alguna, sufra juicios constantemente. Se suele culpabilizar incluso cuando la persona enferma pide ayuda (suena bastante terrible, pero he vivido muy de cerca muchas más situaciones así de las que yo quisiera). Lo que realmente es una enfermedad con necesidad de atención médica suele tomarse a menudo como una etapa transitoria, sobre todo si quien la sufre se encuentra en la adolescencia, una excusa para evadir las obligaciones o un mero capricho para atraer la atención de los demás.
 Esta postura es peligrosa, ya que genera en la persona enferma grandes sentimientos de culpa que pueden hacer más profundo si cabe el peso de su mochila y el malestar con su persona. En algunos casos, la vorágine de soledad, rechazo, culpa y sentimientos negativos hacia uno mismo, pueden desencadenar en conductas dañinas realmente peligrosas ya no solo para la integridad mental/emocional de la persona enferma, sino también para su salud física.
 Cuando alguna vez se me ha preguntado cómo lidiar con alguien que sufre cualquier tipo de enfermedad mental (lo haya reconocido o no), mi respuesta siempre es la misma: atención y escucha. Si un ser querido de pronto está irritable y esto se mantiene de forma prolongada, no lo achaques a que se ha vuelto cascarrabias, ni saltes a echárselo en cara a las primeras de cambio. Presta atención a su comportamiento en la medida de lo que puedas y, si notas que las conductas extrañas crecen o empeora, háblale y busca ayuda. Si alguien te confiesa estar sufriendo algún tipo de trastorno mental, solamente tienes que escuchar y ofrecer tu apoyo. Si está en tu mano ayudarle a buscar ayuda, hazlo. Si no, basta con que esa persona sepa que tiene en ti una mano amiga que al menos puede ofrecerle apoyo y comprensión.

  • ¿Qué es la postura de la sobreprotección?
 No voy a ser muy redundante, pues creo que el mismo nombre ya da las explicaciones necesarias. Ha surgido sobre todo en la gente de mi generación, y a través de las redes sociales, una serie de iniciativas llamadas de cuidados para ofrecer consejos tanto a las personas enfermas como a su entorno.
 He de decir que en este movimiento abundan las buenas intenciones y también la información interesante (yo misma aprendí así algunas formas de lidiar con la ansiedad y las conductas dañinas antes de empezar a asistir a terapia y las sigo utilizando porque realmente son útiles), pero también tienden a envolver a las personas neurodivergentes en un manto que considero poco práctico para superar ciertos problemas y alcanzar la autonomía necesaria para poder lidiar con una rutina normal.
 También he podido darme cuenta de que, en ocasiones, se juzga y acusa mucho al entorno. Por no estar todo lo pendiente que debería, por no escuchar constantemente, por no acompañar siempre a la persona enferma. Recapacitemos: el entorno de alguien con un trastorno mental es un conjunto de personas con sus obligaciones, su vida y sus problemas. Muchas veces no saben cómo lidiar con la situación, o carecen de tiempo para darles atenciones especiales a la persona. O no tienen fuerzas. Y no, el no proveer de unos cuidados especiales no significa desatender. No todo el mundo puede coger una llamada a las 3am o hablar con alguien varias veces a lo largo del día durante todos los días, o acompañar a la persona en todas las ocasiones que lo necesite. Y lo digo porque yo precisamente me encuentro en los dos bandos. Pero siempre podemos asegurarnos que la persona recuerde y entienda que, en la medida de nuestras posibilidades, la escucharemos y estaremos ahí.
 Siendo sincera, creo que muchas veces el tema de los cuidados se lleva por unos caminos poco beneficiosos, orientados a un trato especial hacia la persona en cuestión. Para mí, cuidar de alguien también es darle espacio. Ofrecerle la libertad y autonomía suficiente para que trate de resolver sus dificultades por su propia cuenta. Y, si tras intentarlo todo cuanto puede no lo logra, ayudar o ponerlo en conocimiento de quien pueda echarle una mano.
 Las personas necesitamos evolucionar. Nunca aprenderemos a pedalear como es debido si llevamos puestos los ruedines de la bici toda la vida. No aprenderemos a enfrentarnos al mundo envueltos en una burbuja, por muy llena de amor y atenciones que esta se encuentre. Porque sí, los humanos necesitamos relacionarnos unos con otros y esas relaciones muchas veces implican cuidarnos. Pero cuidar es, por ejemplo, evitar temas dañinos (triggering) para esa persona cuando estamos hablando, no ser especialmente amables y condescendientes solo porque sufre un trastorno mental. Cuidar es tratar a esa persona como al resto de tu entorno y, en caso de que puedas, echarle una mano en momentos de crisis. Básicamente como harías con cualquier ser querido, sano o enfermo, si la situación lo requiere. Cuidar no es pasarlo todo por alto. Quienes sufrimos (y mira que me cuesta meterme en el saco, pero es lo que hay) alguna enfermedad mental también nos equivocamos. Muchas veces nuestros propios síntomas nos empujan a tener actitudes tóxicas hacia los demás o hacia nuestra persona, y no siempre somos conscientes de ello. De hecho, muchas veces no vemos que nuestro comportamiento está mal, o simplemente no podemos evitarlo aunque queramos. Pero no nos ayuda que alguien nos justifique estas conductas solo por estar enfermos, ayuda que se nos alerte de ellas, que se nos abra los ojos en caso de que sea necesario. Y no es bonito ni fácil, pero os aseguro que es la manera más eficiente de cuidar a alguien en esa situación. Las palabras bonitas y paseos por el parque están bien en determinados momentos, pero no siempre sirven.

  • ¿Cómo son las personas que sufren algún trastorno mental?
 ¿Os podéis creer que esté escribiendo esto? Yo tampoco. Y me parece que sigo procesando la cantidad indecente de veces que he visto o escuchado esta pregunta.
 Son personas normales. Somos personas normales. Alguien que sufre un trastorno mental puede disfrutar muchísimo yendo a conciertos. Puede preferir organizar reuniones en casa. Puede que le guste leer, o hacer deporte, o el cine. Que sepa tocar algún instrumento, que vista muy bien o que sea terriblemente torpe. A lo mejor es más de perros que de gatos, o igual prefiere los caballos. Tal vez le encanten los videojuegos, o los considera una gran pérdida de tiempo. Puede ser estudiante o tener su propio negocio, o dedicarse a cuidar la casa. A algunas personas les encanta viajar y otras son más de visitar museos. Pueden gustarle las novelas de detectives, o las pelis románticas que ponen a mediodía en la tele los fines de semana. Igual les gusta la pizza, o son más de croquetas.
 ¿Qué más da? Son personas. Personas que llevan su mochila, solas o con ayuda (por favor, pedid ayuda). Quieren crecer, aprender, alcanzar sus metas, sentirse útiles y libres. Personas que necesitan recordar tomar su medicación, si la necesitan, o acudir a terapia como acudimos todos al médico cuando nos encontramos mal. Personas que quieren ir al trabajo, o estudiar, o tener una familia, o ver el mundo, o comprarse una casa bonita.
 Son personas a las que no se debería juzgar ni meter en una burbuja de algodón, y en realidad yo no tendría que estar escribiendo esto.

  A primera instancia, todas las enfermedades son invisibles. No podemos saber quién sufre depresión, quién lleva algo crónico en la sangre, quién lidia con la ansiedad o con algún problema en sus huesos. La solución ante esto es muy sencilla: vive y, en la medida de lo que puedas, facilita la vida a los demás. Todos sabemos ser amables. Todos sufrimos momentos de crisis, ya sea por una u otra causa. Necesitamos ayuda y sabemos ayudar. Simplemente tenemos que ponerlo en práctica.

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