El eterno silencio



  Aunque no era mi intención, hoy aprovecho mi momento de soledad antes del trabajo para abrir de nuevo la puerta al Cuarto de Pensar. Porque a veces me pasa que, en días mustios y lluviosos como este, aparte de conseguir un maravilloso peinado de leona gracias a la humedad, también me da por meditar. Hoy he estado pensando en el silencio.

Como ya sabrá a estas alturas todo el mundo que me lea, voy semanalmente a un grupo de psicoterapia. Este grupo está formado exclusivamente por mujeres y la terapia (cosa que agradezco mucho) ancla sus raíces en la educación en feminismo. No voy a adentrarme mucho en mi experiencia con la terapia de grupo, si acaso mencionar que está resultando bastante positiva a pesar de mi escepticismo inicial y de lo hermética que tiendo a ser. Pero, al caso.
 Da la casualidad de que soy la más pequeña del grupo. Salvo una chica con la que no me llevo mucho, el resto de mis compañeras vienen de una generación completamente diferente y en la última sesión se tocó el tema de las infancias de cada una.
  Sabiendo la brecha generacional que existe entre nosotras, lo lógico sería que me hubiese sentido extraña y fuera de lugar. Pues no. Descubrí que a todas nos unía el mismo punto común: el silencio.
  El silencio por miedo. Por miedo a represalias, por miedo al qué dirán, por miedo a pasarnos, a decepcionar, a ser tomadas por tontas, a no ser suficiente. Callamos por pura resignación, porque pensamos que para qué vamos a gritar otra vez, si nos amordazan o nos engañan para mantenernos como una Sirenita sin voz.

Cállate, una señorita no debe decir esas cosas. Calla, que este es un tema de hombres. Calla, que tú no sabes. Chst, calla, no molestes a papá, que viene cansado del trabajo. Calla, no le lleves la contraria que luego es peor. Calla, es mejor ignorar estas cosas y no plantar cara. Perdona, ¿puedo hablar con el hombre a cargo? ¿Y tu marido? Creo que entenderá mejor lo que intento decir. Calla, no levantes la voz. Estás haciendo una escena. No seas maleducada. Eres una quejica. Exagerada. Calla, estás sacando las cosas de quicio. Calla, tú no tienes por qué replicar en esto.
Calla. Calla. Calla. Mil veces he escuchado por ahí que las mujeres hemos sido educadas desde el principio de los tiempos para guardar silencio.
 Pues tenemos un problema, porque al menos yo estoy harta de callar. Harta del yo traigo el dinero a casa y tú te aguantas con lo que se me antoje hacer o decir. Harta de que me miren con cara rara cuando hablo de motos o de artes marciales porque es "un tema de hombres". Hartísima de escuchar a mis amigas o compañeras quejarse de que, al ir al banco o al taller del coche, el iluminado de turno pide hablar con el hombre en cuestión. Y, por supuesto, tratándote como si vinieses de hace doce siglos y no entendieses qué es un coche o no supieras leer un contrato.
 Hasta las narices de que me lleguen testimonios de profesionales como la copa de un pino a las que se les ha ignorado en una reunión o llamada para hablar con el hombre a cargo, incluso si quienes están a cargo son ellas y el hombre no tiene ni puñetera idea del asunto en cuestión. Estoy cansada de que a las niñas les tapen la boca, de que se las enseñe a ser sumisas y aguantar con todo solo porque papá llega de mala hostia y se cree Dios por traer dinero a casa.
 Porque esas niñas luego se rompen y acaban clavándose los pedazos ellas mismas. Ya no quiero seguir viendo niñas rotas que no se atreven a decir ni sí ni no. Quiero niñas capaces de expresar lo que sienten y de buscar ayuda. Quiero niñas que se permitan decir con la cabeza bien alta y la voz llena de orgullo que quieren ser astronautas, o futbolistas, o jardineras, o bailarinas, o lo que les dé la gana. Que disfruten jugando a lo que más les guste sin que nadie las amordace porque su pasatiempo favorito no es de señoritas. Quiero mujeres capaces de decir no y luchar por lo que les gusta. Capaces de marcharse, de soltar, de no aguantar más, de darse un capricho sin verse atadas por el qué irá a decir mi vecino del quinto. Quiero profesionales de todos los ámbitos siendo escuchadas, alto y claro.

  En definitiva, quiero que nos dejen respirar. Las mujeres hemos sido educadas para mantenernos en silencio, pero no hemos venido al mundo para estar calladas, todas tenemos algo que aportar.
 Ya va siendo hora de quitarnos la mordaza.

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